Cómo evaluar objetivamente el rendimiento de un equipo comercial

Cómo evaluar objetivamente el rendimiento de un equipo comercial

Jordi Mármol trabajando el rendimiento de un equipo comercial

Hay una pregunta que aparece tarde o temprano cuando diriges un equipo de ventas:

¿Cómo sé si este comercial está trabajando realmente bien?

La respuesta parece sencilla. Miramos sus ventas, comprobamos si ha alcanzado el objetivo y comparamos sus resultados con los del resto del equipo.

Pero eso solo nos cuenta una parte de la historia.

Un comercial puede estar cumpliendo su objetivo gracias a una buena cartera de clientes, un territorio favorable o varias oportunidades que venían trabajándose desde meses atrás. Mientras tanto, puede estar generando poco negocio nuevo, haciendo un seguimiento deficiente o dejando deteriorarse su pipeline.

Otro puede estar temporalmente por debajo del objetivo y, sin embargo, estar generando oportunidades de calidad, avanzándolas correctamente y ejecutando comportamientos que deberían acabar produciendo resultados.

Por eso, cuando trabajo con responsables comerciales, intento que los datos no terminen en una cifra. Me interesa que permitan llegar a una pregunta mucho más útil:

¿Qué está haciendo o dejando de hacer esta persona para que se produzca este resultado?

Ahí empieza realmente la evaluación del rendimiento comercial.

Resultado y rendimiento comercial no son exactamente lo mismo

El resultado responde a una pregunta muy concreta: ¿qué hemos conseguido?

Facturación, margen, nuevos clientes, cumplimiento del objetivo o ventas cerradas pueden ayudarnos a responderla.

Son datos imprescindibles. El problema aparece cuando los utilizamos como única explicación del desempeño.

Imaginemos dos comerciales.

Uno alcanza el 105 % del objetivo y otro se queda en el 85 %. Si observamos únicamente el resultado, parece evidente quién está trabajando mejor.

Ahora añadamos contexto.

El primero gestiona una cartera madura que genera recurrencia, apenas incorpora nuevas oportunidades y tiene varias cuentas importantes cuya facturación está disminuyendo. El segundo está desarrollando una zona con menos histórico, ha construido pipeline y está consiguiendo que las oportunidades avancen razonablemente bien.

No podemos concluir automáticamente que el segundo esté trabajando mejor que el primero. Pero tampoco podemos concluir lo contrario mirando únicamente la facturación.

Lo que necesitamos es entender cómo se está produciendo el resultado.

Esta distinción es especialmente importante porque el rendimiento comercial no consiste únicamente en conseguir ventas hoy. También implica construir capacidad para seguir generándolas mañana.

Para evaluar rendimiento necesito mirar tres niveles

En mi trabajo con equipos comerciales me resulta útil separar tres niveles que después deben volver a conectarse: resultado, actividad y comportamiento.

El resultado nos dice qué está consiguiendo la persona.

La actividad permite observar qué está haciendo para conseguirlo.

Y el comportamiento nos ayuda a entender cómo está ejecutando esa actividad y qué forma de trabajar está favoreciendo o bloqueando el resultado.

No son tres sistemas de evaluación independientes. Son tres niveles de una misma explicación.

Si miro únicamente el resultado, llego demasiado tarde.

Si miro únicamente la actividad, puedo confundir estar ocupado con vender.

Y si hablo de comportamiento sin relacionarlo con datos y proceso, corro el riesgo de evaluar a las personas mediante impresiones subjetivas.

La dirección comercial necesita conectar las tres cosas.

El resultado es el punto de partida, no el diagnóstico

Cuando existe una desviación respecto al objetivo, la cifra nos avisa de que debemos mirar.

Pero no nos dice todavía dónde intervenir.

Si un comercial vende menos de lo esperado, podría necesitar generar más oportunidades. También podría estar generando suficientes pero de poca calidad, perder demasiadas al pasar de una fase a otra o tener propuestas que permanecen abiertas durante demasiado tiempo.

Incluso puede ocurrir que su actividad y sus ratios sean razonables y simplemente estemos ante un ciclo de venta que todavía no ha madurado.

Por eso los KPI comerciales para pymes son útiles cuando ayudan a formular mejores preguntas, no cuando sustituyen el análisis.

De hecho, en los sistemas comerciales que trabajo intento evitar precisamente lo contrario: llenar un dashboard de datos que podemos mirar cada semana pero que no modifican ninguna decisión.

Un dashboard no dirige un equipo.

El responsable sí.

Mucha actividad no significa necesariamente buen rendimiento

Este es uno de los errores más fáciles de cometer.

“Ha hecho 60 llamadas.”

“Ha realizado 15 visitas.”

“Ha enviado 12 propuestas.”

Son datos de actividad. Nos dicen que han ocurrido cosas, pero todavía no sabemos si eran las cosas adecuadas.

Podemos tener un comercial con una actividad altísima que prospecta perfiles poco adecuados, convierte pocas conversaciones en oportunidades o envía propuestas demasiado pronto.

También podemos encontrar a otro con menos actividad absoluta, pero mejor focalizada y con mayor capacidad para hacer avanzar las oportunidades.

Por eso no me interesa únicamente cuánto hace una persona.

Me interesa qué ocurre después de hacerlo.

Una llamada debería producir determinadas consecuencias. Una reunión debería permitir cualificar o hacer avanzar una oportunidad. Una propuesta debería responder a un proceso previo suficientemente trabajado.

Cuando conectamos actividad y conversión, empezamos a comprender mejor el rendimiento.

La calidad de las oportunidades también forma parte del rendimiento

Hay equipos donde generar oportunidades se convierte en un objetivo en sí mismo.

Y entonces sucede algo previsible: aparecen oportunidades.

Muchas.

La cuestión es si son realmente oportunidades.

Si un comercial llena el pipeline con empresas que no encajan, proyectos sin necesidad clara o contactos sin capacidad de decisión, el dashboard puede transmitir una sensación de actividad comercial que no existe en la práctica.

Por eso evaluar el pipeline exige observar tanto volumen como calidad.

¿Qué porcentaje avanza?

¿Dónde se detiene?

¿Cuánto tiempo permanece una oportunidad en cada fase?

¿Cuántas terminan desapareciendo después de semanas de seguimiento?

Estas preguntas conectan directamente con un proceso comercial en una pyme suficientemente definido. Si no sabemos qué condiciones debe cumplir una oportunidad para avanzar, tampoco podremos evaluar objetivamente si el comercial la está gestionando bien.

El seguimiento revela mucho más que una cifra de ventas

Hay un comportamiento que me parece especialmente revelador cuando analizamos actividad comercial: qué ocurre después de cada interacción con el cliente.

Una propuesta enviada sin siguiente acción prevista puede aparecer en el pipeline durante semanas y seguir contando como oportunidad.

Pero comercialmente está parada.

Por eso un buen seguimiento comercial permite observar comportamientos muy concretos: si existe un siguiente paso, si se cumple, cuánto tarda en realizarse, qué ocurre cuando el cliente no responde y si el comercial sabe cuándo insistir, replantear o cerrar una oportunidad.

El contenido que ya tenemos sobre CRM recoge precisamente esta lógica: cada oportunidad debería tener un siguiente paso y el sistema debería ayudarnos a visualizar oportunidades bloqueadas, propuestas pendientes y actividad de seguimiento. Se ha pegado el markdown

Aquí es donde el dato empieza a convertirse en una herramienta de dirección.

No me interesa únicamente saber que una persona tiene veinte oportunidades.

Quiero entender qué está haciendo con ellas.

Del dashboard al comportamiento

Este es probablemente el punto donde más ha evolucionado mi manera de trabajar con responsables comerciales.

El dashboard es muy útil porque permite dejar de discutir desde percepciones.

Podemos observar actividad, oportunidades, conversión, seguimiento y resultados.

Pero llega un momento en el que mirar el dato ya no aporta suficiente información.

Si una responsable detecta, por ejemplo, que una persona acumula oportunidades que no avanzan, la pregunta no debería quedarse en:

“¿Por qué tienes tantas oportunidades paradas?”

Necesitamos bajar otro nivel.

¿Qué está ocurriendo en las conversaciones con esos clientes?

¿Está cualificando suficientemente?

¿Está concretando siguientes pasos?

¿Evita determinadas conversaciones difíciles?

¿Hace seguimiento con criterio o simplemente envía recordatorios?

¿Sabe cuándo una oportunidad debe descartarse?

Ahí dejamos de hablar únicamente de indicadores y empezamos a trabajar comportamientos observables.

Este paso es importante porque un responsable no puede desarrollar a una persona diciéndole simplemente:

“Tienes que mejorar tu conversión.”

La conversión es un resultado.

Para modificarla necesitamos identificar qué comportamiento concreto debería cambiar.

Evaluar comportamientos no significa evaluar personalidad

Aquí conviene hacer una distinción importante.

No estamos valorando si alguien es extrovertido, simpático, ambicioso o tiene “actitud comercial”.

Eso nos llevaría rápidamente a evaluaciones subjetivas.

Un comportamiento debe poder observarse.

Por ejemplo: prepara una reunión antes de visitar al cliente, formula preguntas para entender la necesidad, registra información relevante, concreta el siguiente paso, actualiza la oportunidad, realiza el seguimiento acordado o pide ayuda cuando detecta un bloqueo.

Son acciones.

Podemos observarlas, analizarlas y trabajarlas.

Y precisamente por eso permiten dirigir mejor.

Cuando una empresa tiene claro su proceso comercial, resulta mucho más sencillo identificar qué comportamientos ayudan a ejecutarlo y cuáles lo están bloqueando.

Comparar comerciales sin contexto puede llevar a conclusiones equivocadas

Los rankings internos resultan tentadores.

Comercial A: 120.

Comercial B: 95.

Comercial C: 72.

Tenemos una clasificación y parece que tenemos información.

Pero quizá estamos comparando carteras, territorios, antigüedades, productos o momentos comerciales diferentes.

Eso no significa que debamos renunciar a comparar. Significa que debemos saber qué estamos comparando.

Una dirección comercial necesita contextualizar los resultados y observar la evolución de cada persona respecto al punto de partida, al potencial de su cartera, a sus objetivos y al proceso que debería estar ejecutando.

El marco profesional oficial de gestión de equipos comerciales contempla precisamente la comparación de resultados junto con actividad, objetivos, mercado, desviaciones y acciones correctoras; no reduce la evaluación a la cifra final de ventas. Boletín Oficial del Estado

Evaluar objetivamente no significa tratar a todo el mundo exactamente igual.

Significa utilizar criterios suficientemente claros para explicar por qué estamos llegando a una conclusión.

La evolución individual importa más que la fotografía aislada

Otra de las ventajas de trabajar con datos es poder observar tendencias.

Una semana aislada puede engañarnos.

Incluso un mes puede hacerlo en determinados ciclos B2B.

Lo interesante es comprobar si una persona evoluciona.

¿Está generando mejores oportunidades?

¿Mejora su conversión?

¿Reduce oportunidades bloqueadas?

¿Realiza mejor seguimiento?

¿Necesita menos intervención de su responsable?

¿Toma mejores decisiones?

Esta última parte es especialmente importante.

Un comercial puede mejorar su rendimiento no solo porque venda más, sino porque desarrolla criterio y autonomía para gestionar situaciones que antes necesitaban intervención constante del responsable.

Ahí rendimiento y liderazgo de equipos comerciales empiezan a conectarse.

El objetivo no debería ser construir un equipo que únicamente alcance una cifra, sino uno que aprenda progresivamente a producirla de manera más consistente.

Los datos deberían mejorar las conversaciones de dirección

Si tenemos un dashboard magnífico pero las reuniones siguen consistiendo en preguntar “¿cómo va este cliente?”, hemos aprovechado muy poco la información.

Los datos deberían permitir conversaciones diferentes.

En lugar de:

“Estás vendiendo poco.”

podemos llegar a:

“Estás generando suficientes oportunidades, pero muchas se bloquean después de la primera reunión. Vamos a entender qué está ocurriendo ahí.”

La diferencia es enorme.

La primera frase juzga un resultado.

La segunda identifica un punto del proceso sobre el que podemos trabajar.

Por eso las reuniones comerciales deberían utilizar los datos para diagnosticar, priorizar y tomar decisiones, no simplemente para pedir explicaciones al equipo.

Cuando conseguimos hacer ese cambio, medir deja de sentirse como control y empieza a convertirse en desarrollo.

Estrategia, método y acción para evaluar mejor

La lógica de EMA™ encaja aquí de forma bastante natural.

La estrategia responde a qué resultado necesitamos y por qué.

El método define qué proceso, prioridades y actividad deberían permitir conseguirlo.

Y la acción nos obliga a observar qué está haciendo realmente la persona dentro de ese sistema.

Si falla el resultado, recorremos el camino hacia atrás.

¿La actividad es suficiente y está bien orientada?

¿El proceso se está ejecutando?

¿Dónde se produce la desviación?

¿Qué comportamiento concreto la explica?

¿Y qué deberíamos cambiar?

Entonces el dashboard deja de ser el final del análisis.

Se convierte en el principio.

Cómo convertir la evaluación en una herramienta real de dirección

No necesitamos construir un sistema gigantesco.

Necesitamos que dirección pueda responder periódicamente a algunas preguntas con suficiente evidencia.

¿Está consiguiendo los resultados esperados?

¿Está realizando la actividad que debería producirlos?

¿Esa actividad está avanzando correctamente a través del proceso?

¿Dónde aparecen las principales desviaciones?

¿Qué comportamiento concreto puede explicarlas?

¿Ha mejorado desde la última revisión?

¿Y qué intervención necesita ahora: claridad, acompañamiento, entrenamiento, una decisión o simplemente tiempo?

Este análisis puede realizarse tanto individualmente como sobre el conjunto del equipo.

De hecho, cuando varios comerciales se bloquean sistemáticamente en el mismo punto, quizá ya no estemos ante un problema individual.

Puede haber un problema de proceso, propuesta de valor, segmentación o dirección.

Y esa es otra razón por la que medir bien importa: evita atribuir automáticamente a las personas problemas que pertenecen al sistema.

Cuando tienes datos pero sigues sin saber qué está pasando

Hay empresas con CRM, dashboard, objetivos e informes semanales que continúan teniendo dificultades para explicar por qué unas personas avanzan y otras no.

Tienen datos.

Pero no diagnóstico.

En esos casos, añadir más indicadores probablemente no resolverá el problema. Hay que conectar resultados, actividad, proceso y comportamientos hasta localizar dónde se está produciendo la desviación.

Ese análisis forma parte de una dirección comercial capaz de utilizar la información para tomar decisiones y desarrollar al equipo.

Y cuando resulta difícil hacerlo desde dentro, una consultoría estratégica comercial puede ayudar a revisar el sistema, identificar los bloqueos y convertir los datos en prioridades concretas de intervención.

Si ni siquiera está claro dónde se encuentra el problema, un Audit Comercial puede servir como primera evaluación para determinar qué parte del sistema merece atención antes de decidir la solución.

Porque medir rendimiento no sirve únicamente para saber quién vende más.

Sirve para entender qué está produciendo el resultado y qué debemos cambiar para mejorarlo.

La estrategia también vende.